¿Por qué fue pecado el deseo de Alma?

Junio 16, 2017
Alma hijo se regocijó tanto en la Expiación que deseó poder compartirla con el mundo, a través del poder e influencia del cielo. "Abridging the Plates" de Annie Henrie
KnoWhy #137
Alma hijo se regocijó tanto en la Expiación que deseó poder compartirla con el mundo, a través del poder e influencia del cielo. "Abridging the Plates" de Annie Henrie
"Mas he aquí, soy hombre, y peco en mi deseo"
Alma 29:3

El conocimiento

Alma 29 comienza: "¡Oh, si fuera yo un ángel y se me concediera el deseo de mi corazón, para salir y hablar con la trompeta de Dios, con una voz que estremeciera la tierra, y proclamar el arrepentimiento a todo pueblo!" (v. 1). A este solemne deseo Alma añadió: "Sí, declararía yo a toda alma, como con voz de trueno, el arrepentimiento y el plan de redención: Que deben arrepentirse y venir a nuestro Dios" (v. 2).

En este punto de su anhelo, Alma confiesa que peca en su deseo (Alma 29:3). Para entender por qué, Alma 29 necesita ser leída desde muchas perspectivas: personal, política, oficial, poética y espiritualmente. Este breve capítulo es una de las más bellas expresiones espirituales en el Libro de Mormón, que se encuentra entre las mejores literaturas religiosas de cualquier lugar. 

Personalmente, en Alma 29:1, Alma probablemente estaba pensando en el ángel de su propia conversión, que se le apareció y lo llamó al arrepentimiento, cuya "voz fue como trueno, que conmovió la tierra" (Mosíah 27:18; véase también Alma 36:7; 38:7).1 Si al menos pudiera ser como ese ángel, Alma estaba imaginando, todos se arrepentirían, abrazarían el plan de redención y vendrían al verdadero Dios, y entonces no habría "más dolor sobre toda la superficie de la tierra" (Alma 29:2). Dolorosamente, Alma de hecho estaba plenamente consciente de muchas penas indecibles que habían caído recientemente sobre su pueblo y había conducido previamente a la muerte a muchos ammonitas fieles (Alma 28:3-12).

Políticamente, además, habiendo aprendido recientemente del gran éxito de sus amigos, los hijos de Mosíah, Alma pudo haberse preguntado políticamente si había tenido éxito o fracasado en sus propios esfuerzos durante esos 14 años en que sus amigos habían estado ausentes. Durante ese tiempo, Alma había visto controversias políticas,2 guerra civil,3 apostasía,4 niños quemados y Ammonía destruido.5 En contraste con los logros heróicos de sus amigos, Alma había renunciado a su cargo como juez superior para dedicar su tiempo a reivindicar al pueblo con un "testimonio puro" (Alma 4:19), pero podía contar como sus principales éxitos las conversiones de unos pocos, como Amulek y Zeezrom.

Oficialmente, como sumo sacerdote en la ciudad de Zarahemla, Alma sinceramente hubiera deseado haber hecho más.6 Sin embargo, en toda su gloria sacerdotal, Alma reconoce que "esta es mi gloria, que quizá sea un instrumento en las manos de Dios para conducir a algún alma al arrepentimiento" (Alma 29:9).7 Aquí, Alma se da cuenta de que puede ser feliz, si solo pudiera traer "algún alma" al arrepentimiento. Y así, más aún, el espíritu de Alma estaba "llen[o] de gozo" al ver a "muchos de sus hermanos verdaderamente arrepentidos" (v. 10; cf. DyC 18:11-16).8

El porqué

Con la situación de Alma en mente, uno puede ver varias razones por las cuales Alma pudo haber pecado en su deseo. 

Su deseo usurpó un papel angelical que no era suyo. Deseaba extravagantemente hablar con más fuerza que el ángel del Señor, al querer "proclamar el arrepentimiento a todo pueblo" y "a toda alma", para quitar toda pena de "sobre toda la superficie de la tierra" (Alma 29:1-2), apropiándose efectivamente del papel y poder de Dios. 

Se equivocó al pensar que de alguna manera esto podría eliminar el dolor de toda la tierra. No solo sería imposible, sino que negaría el decreto de Dios que el bien y el mal se pusieran delante de todos los hombres para que pudieran elegir de acuerdo con sus deseos y experimentar así la alegría o el remordimiento, como reconoce Alma (Alma 29:5). 

Su deseo reflejaba descontento con las cosas que el Señor le había asignado (Alma 29:3-4). Su deseo hubiera intentado arar de nuevo el terreno de los firmes decretos de Dios. 9 aconsejar al Señor, y en efecto negar que "el Señor aconsej[e] en su sabiduría, conforme a lo que es justo y verdadero" (v. 8). Al reflexionar, Alma reconoció que su santo llamado espiritual era simplemente traer "algún alma" al arrepentimiento. 

En su deseo, Alma reconoció que él pecó en su corazón o mente debido a tales deseos. El élder Neal A. Maxwell enseñó: "[D]eseo es aquello que denota ansias o anhelos. Por tanto, los justos deseos constituyen algo más que una preferencia pasiva o una sensación pasajera".10 Esta verdad es evidente aquí en la reflexión honesta de Alma. Alma reconoció que el papel de Dios es conceder a los hombres "según lo que deseen" y "según sus deseos", y que "el bien y el mal han llegado ante todos los hombres", ya sea por "vida o la muerte, el gozo o el remordimiento de conciencia" (Alma 29:4-5). Alma comprendió la doctrina de que "es necesario que reduzcamos y al fin desechemos algunos de nuestros deseos".11

Por lo que, reafirmándose a sí mismo en lo que realmente sabía, Alma preguntó: "¿Por qué he de desear ser un ángel para poder hablar a todos los extremos de la tierra?" (Alma 29:7). A esta pregunta respondió de inmediato que no lo desearía, porque es en la sabiduría de Dios que todas las naciones recibirán, en su propia lengua, como el Señor lo considere oportuno (v. 8), y porque el Señor le ha ordenado no "glori[arse] en [él] mismo, sino en lo que el Señor [le] ha mandado" (v. 9). 

Durante años, Alma había enseñado que "nuestras palabras nos condenarán, sí, todas nuestras obras nos condenarán;... y nuestros pensamientos también nos condenarán" (Alma 12:14). De hecho, la ley establecida por Alma dentro de la iglesia en la tierra de Zarahemla expresamente prohibía "envidias" (Alma 1:32; 4:9; 16:18). Codiciar, o envidiar, es un asunto serio. Está conectado en el Libro de Mormón con desacuerdos, contención, malicia, orgullo, caída y engaño. 

Con el fin de oficiar eficazmente como sumo sacerdote, Alma habría necesitado protegerse contra cualquier pecado, incluyendo pecados secretos. Pensamientos y deseos son potentes. La prohibición culminante en los Diez Mandamientos es: "No codiciarás" (Éxodo 20:17). Las circunstancias aquí, siendo alrededor del principio del año del jubileo, solamente aumentaron la seriedad de cualquier cosa que incluso perciera a la codicia o a cualquier otra transgresión.12

Especialmente el sumo sacerdote necesitaba ser completamente puro y libre de pecado para oficiar en el Lugar Santísimo el día de la expiación, el comienzo de cada Jubileo, el décimo día del séptimo mes (Levítico 25:8). Al encontrarse descontento con las cosas que el Señor le había asignado, habría afectado a Alma en el corazón. Habría reconocido esto como un pecado grave, más de lo que los lectores de hoy pueden pensar.

De hecho, su deseo, si se cumpliera, lo habría llevado a ignorar muchas cosas que uno debe recordar espiritualmente en justicia. Habría colocado a Alma por delante de sus cuatro hermanos, cuyo gran éxito merecía ser celebrado con el mayor júbilo. Su deseo pudo haber llevado a Alma a gloriarse en sí mismo, y no a glorificarse en lo que el Señor le había ordenado, y podría haberlo distraído de su responsabilidad de regocijarse desinteresadamente en los éxitos de todas las demás personas. Su deseo lo habría desviado de ofrecer su oración sacerdotal al final de Alma 29, para que todos sus hermanos y sus conversos se "sienten en el reino de Dios... para que ya no salgan más, sino que lo alaben para siempre". 

En la mente de Alma, perderse en cualquiera de estos aspectos, y mucho menos en todos ellos, habría constituido nada menos que un pecado de proporciones tempestuosas y temblorosas. Afortunadamente, Alma en última instancia era espiritualmente sensible como para disminuir y disolver estos impulsos. El glorioso texto de Alma termina con él pensando no en sí mismo, sino en el gran éxito de los cuatro hijos de Mosíah que habían subido a la tierra de Nefi, que había trabajado mucho y había dado mucho fruto (Alma 29:17). "Una señal segura de un discípulo de Cristo es que él o ella ha aprendido a regocijarse en el progreso de los demás".13

Alma concluye su soliloquio poético, no pidiendo bendiciones sobre sí mismo, sino ofreciendo una oración de intercesión en nombre de otros. Puramente pide:

Conceda Dios que estos mis hermanos 
        se sienten en el reino de Dios; 
sí, y también todos aquellos que son el fruto de sus obras, 
        para que ya no salgan más, sino que lo alaben para siempre;
y Dios conceda que se haga según mis palabras,
        así como he dicho. Amén" (Alma 29:17).

Otras lecturas

John A. Tvedtnes, “The Voice of an Angel,” in Book of Mormon Authorship Revisited, ed. Noel B. Reynolds (Provo, UT: FARMS, 1997), 311–321.

S. Kent Brown, “Alma’s Conversion: Reminiscences in His Sermons,” in The Book of Mormon: Alma, The Testimony of the Word, ed. Monte S. Nyman and Charles D. Tate Jr. (Provo, UT: Religious Studies Center, Brigham Young University, 1992), 141–156, esp. 149–151.