¿Por qué el pecado de Coriantón fue tan grave?

Junio 28, 2017
La seducción de Coriantón, por Minerva Teichert. Imagen vía BYU Studies
KnoWhy #147
La seducción de Coriantón, por Minerva Teichert. Imagen vía BYU Studies
"¿No sabes tú, hijo mío, que estas cosas son una abominación a los ojos del Señor; sí, más abominables que todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o el negar al Espíritu Santo?"
Alma 39:5

El Conocimiento

El consejo de Alma a sus hijos Helamán, Shiblón y Coriantón comprende Alma 36-42. Las palabras del sabio profeta fueron adaptadas a cada uno de sus hijos, y abordaron temas doctrinales específicos que reflejaban sus fortalezas y debilidades, respectivamente.1

Sorprendente en las palabras de Alma a su hijo Coriantón (Alma 39-42) está la denuncia inflexible de los pecados sexuales. “Tú hiciste lo que para mí fue penoso,” Alma lamentó a su entonces hijo descarriado, “porque abandonaste el ministerio y te fuiste a la tierra de Sirón, en las fronteras de los lamanitas, tras la ramera Isabel” (Alma 39:3). Las implicaciones son claras: Coriantón había cometido graves pecados sexuales.

Los lectores de Alma 39:5 han identificado comprensiblemente la transgresión sexual como un "pecado casi igual de grave que el asesinato".2 Viendo aquí que la infamia de la transgresión sexual viene directamente de la pregunta retórica de Alma a Coriantón: "¿No sabes tú, hijo mío, que estas cosas son una abominación a los ojos del Señor; sí, más abominables que todos los pecados, salvo el derramar sangre inocente o el negar al Espíritu Santo?" (Alma 39:5).  

Ciertamente todas las transgresiones sexuales son asuntos serios que deben ser totalmente evitados y rápidamente arrepentidos si son cometidos, y de hecho algunos pecados sexuales son más graves que otros. 3 Una lectura más cuidadosa de Alma 39 revela algunas percepciones adicionales con respecto a los comportamientos de Coriantón que intensifican las enseñanzas de Alma a su hijo sobre la mala conducta sexual.

Como lo señalaron Michael R. Ash y B. W. Jorgensen, por ejemplo, parece que el pecado de Coriantón era más que una inmoralidad sexual.4 Ellos argumentan que el pecado de Coriantón fue un compuesto de varios elementos, específicamente la inmoralidad sexual por parte de un líder del sacerdocio que le hizo abandonar su ministerio y por lo tanto descuidar las necesidades espirituales de su rebaño, llevándolos así a la apostasía. En efecto, Coriantón metafóricamente "asesin[ó]" los testimonios de aquellos a quienes se le encargó traer a Cristo cuando Isabel lo atrajo (cf. (Alma 36:14).

Esta comprensión de la situación particular de Coriantón se ve reforzada por el hecho de que en Alma 39:5 Alma habla de "estas cosas" (plural) que son "una abominación a los ojos del Señor". Al parecer, "estas cosas" incluían no solo el pecado sexual cometido por Coriantón, sino el descuido deliberado del "ministerio que se [le] confió" (v. 4). Tal vez, entonces, "la infracción más seria fue el daño espiritual resultante infligido a otros que habían sido testigos de las acciones pecaminosas de Corianton".5

Si el único pecado de Coriantón fue cometer actos sexuales inmorales, entonces es curioso pensar por qué Alma no se enfocó en eso en el resto del capítulo. En lugar de advertir contra la inmoralidad sexual, el resto de Alma 39 se enfoca en temas tales como "una descripción del pecado imperdonable—negar conscientemente el Espíritu Santo".6

La apostasía es un pecado de infidelidad que fue visto en cierto modo por los profetas del Antiguo Testamento como algo conceptualmente similar al adulterio.7 Alma asoció el pecado imperdonable de negar el Espíritu Santo con llevar a otros a la apostasía. Esto lo hizo explicando que 'al que asesina contra la luz y el conocimiento de Dios, no le es fácil obtener perdón' (Alma 39:6). "Negar el Espíritu Santo es imperdonable", dice la lógica de Alma, "pero los que asesinan" contra la luz y el conocimiento de Dios" pueden recibir perdón, aunque con gran dificultad.8

A la luz de la totalidad de Alma 39, es claro que Coriantón no solo era culpable del pecado sexual, sino que también era "culpable de abandonar su misión por perseguir a una prostituta (ya sea literal y/o figurativamente). Esta ramera ya había dañado muchos testimonios, y las acciones de Coriantón también han llevado a algunas personas a la destrucción en lugar de llevarlas a Dios".9

El porqué

El pecado de Coriantón fue un crimen compuesto de inmoralidad sexual y de llevar a otros a la apostasía, descuidando el ministerio, siendo infiel a su llamado del sacerdocio, y poniendo un pobre ejemplo. El crimen de conducir a otros a la apostasía a través de conductas pecaminosas era, según Alma, el siguiente en seriedad de derramar sangre inocente y negar el Espíritu Santo. Dado que él mismo fue una vez culpable de ese crimen en particular (Mosíah 27, Alma 36), la petición de Alma a Coriantón de arrepentirse es aún más poderosa (Alma 39:9-13).

Para ser claros, la inmoralidad sexual es un pecado enormemente dañino que puede resultar en insoportables consecuencias espirituales y temporales. Tanto los profetas antiguos y modernos han condenado inequívocamente la inmoralidad sexual y los vicios relacionados, y el Libro de Mormón advierte repetidamente a todos los lectores contra el adulterio, fornicación, prostituciones, lascivia y pecados sexuales de todo tipo (Jacob 3:12, Alma 16:18, Alma 45:12; 4 Nefi 1:16). Estos y otros tipos de iniquidades se vuelven aún más graves cuando se combinan con cualquier otro abandono del deber espiritual o religioso.

Felizmente, Coriantón se arrepintió y pronto regresó con éxito al ministerio junto a sus hermanos (Alma 49:30). Esto demuestra que el arrepentimiento y el perdón es posible incluso para los pecados graves, y que Dios siempre está dispuesto a recibir de nuevo a aquellos que abandonan sus transgresiones (DyC 58:42-43).

Otras lecturas

Michael R. Ash, “The Sin ‘Next to Murder’: An Alternative Interpretation,” Sunstone, November 2006, 34–43.

B. W. Jorgensen, “Scriptural Chastity Lessons: Joseph and Potiphar’s Wife; Corianton and the Harlot Isabel,” Dialogue: A Journal of Mormon Thought 32, no. 1 (1999): 7–34.